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jueves, 6 de julio de 2017

ASÍ SON "LOS GATES" TAN TEMIDOS COMO LOS SICARIOS



Detenciones arbitrarias, extorsión, torturas, fabricación de delitos y desapariciones forzadas son algunas de las acusaciones que los ciudadanos de esta ciudad fronteriza lanzan contra los integrantes de Fuerza Coahuila, corporación antes conocida como Grupo de Armas Tácticas y Especiales (GATE, creada en 2011 por el gobierno de Rubén Moreira), que a su vez sustituyó al Grupo Élite, fundado por Humberto Moreira.

Con la condición de resguardar su identidad, sobrevivientes de los “gates” narran sus experiencias y la manera en que la acción decidida de madres de las víctimas les salvaron la vida.


El 14 de febrero de 2015, antes de iniciar una celebración religiosa, aproximadamente ocho gates vestidos de negro, encapuchados y con armas de alto poder irrumpieron a las ocho de la mañana preguntando por “Pancho”. Al no haber respuesta se llevaron a J. entre los gritos de su madre, su esposa y de los feligreses que intentaron detener el arresto, pero fueron golpeados y encañonados por los agentes.

J. fue esposado y golpeado en la camioneta mientras era trasladado a un paraje cercano al río Bravo, donde le colocaron una bolsa negra en la cabeza. Sin dejar de golpearlo le preguntaban por “las armas, la droga y dónde estaba Pancho”. La tortura se prolongó por varias horas. J., que entonces tenía 17 años, se desmayaba y era despertado a patadas.

Sin poder dar respuesta a los cuestionamientos, J. fue subido a la camioneta. En el trayecto los gates “levantaron a otros dos” y los llevaron a una zona despoblada, donde aún esposado fue obligado a cavar una fosa.

“Cuando ya había escarbado como un metro y medio me dijeron: ‘Ni reces porque ahorita vas a estar con diosito’. Me acostaron, me echaron tierra, después me dijeron que estirara las manos y me sacaron; dos veces hicieron eso conmigo.”

Momentos después llegaron más camionetas de la corporación. Los gates llevaban otro detenido a quien, al igual que a los otros dos, torturaban. Horas después, J. escuchó que por radio les ordenaron a los agentes regresar al cuartel.

“De los cuatro, sólo llegamos dos al cuartel de los gates, nos tomaron fotos y nos dijeron que teníamos que decir que nos agarraron juntos con una bolsa de ocho kilos de mariguana. Nos tomaron fotos, los nombres de nuestras familias, dónde trabajábamos, y dijeron que si decíamos algo de lo que nos había pasado, nos iban a matar con nuestras familias”, agrega.

Cuando llegaron a la agencia del Ministerio Público, acusados de narcomenudeo, “el agente no quería recibirnos porque íbamos muy golpeados, y cuando dijimos lo que nos había pasado, que nos habían torturado y que no nos conocíamos, el agente del Ministerio Público no quiso poner eso en el acta; puso lo que dijeron los gates”.

El 17 de febrero, los jóvenes fueron soltados luego de que la madre de otro joven se movilizara desde que a su hijo V. lo sacaron de su casa cuando se bañaba. “Nomás le dejaron ponerse un pantalón, ni siquiera bóxers”, dice la señora G., quien estaba adentro de su casa cuando fue allanada por los agentes, que iban en busca de “Miguel”.

“Quise seguirlos, pero me dijeron que por seguridad mía y de mi hijo no lo hiciera; sabía que tenía que actuar rápido porque aquí en Piedras Negras es bien sabido que cuando los gates se llevan a alguien no lo vuelves a ver.”

Lo primero que hizo la mamá de V. fue hacer uso de las redes sociales para denunciar los hechos. Después fue al cuartel de los gates, al Palacio de Justicia y a la Presidencia Municipal. Posteriormente contactó a Ariana García Bosque, abogada de Familias Unidas en Búsqueda y Localización de Personas Desaparecidas, quien la asesoró legalmente.

Por ser ella una mujer conocida y respetada en Piedras Negras, el mensaje que subió G. en redes sociales movilizó a medios de comunicación y ciudadanos, que acudieron a la agencia del Ministerio Público donde fueron llevados los muchachos.

La información llegó hasta un alto funcionario del gobierno de Rubén Moreira, quien se comunicó con la señora. “Me dijo que vería por la libertad de mi hijo, pero yo le dije que eran dos los que habían sido víctimas de injusticias”, dice G., quien mientras buscaba a su hijo se encontró con la familia de J.

Después de interponer varios recursos legales, los jóvenes fueron liberados sin cargos, pero hubo secuelas: la mujer de J., embarazada entonces, abortó por el terror vivido, J. perdió su trabajo, su rodilla quedó lesionada y sufre dolores de cabeza; V. casi pierde el ojo por los golpes y está muy afectado psicológicamente, más aún porque fue arbitrariamente detenido otras tres veces por efectivos de Fuerza Coahuila. De los otros dos muchachos, uno quedó afectado de sus facultades mentales por los golpes y del otro no han vuelto a saber.

El verdadero grupo de reacción inmediata

En marzo de este año, la acción decidida de la madre de T. lo libró de ser entregado por efectivos de Fuerza Coahuila a un grupo de civiles armados, presuntamente del Cártel del Golfo.

Cuando salía de la fábrica donde trabajaba, T. fue interceptado por una patrulla de Fuerza Coahuila en la que viajaban seis elementos, todos vestidos de negro, con pasamontañas y sus armas de alto calibre.

De 21 años y ciudadano estadunidense, T. narra: “Era como la una de la tarde, me bajaron de mi carro y uno de ellos lo estacionó, me esposaron, me subieron a su troca, me dijeron que ya sabían con quién andaba trabajando, me preguntaban por los michoacanos y por quién vendía mota. Yo les dije que era americano y que no conocía a nadie aquí”.

Los agentes lo condujeron rumbo al monte. El policía que iba en el asiento del copiloto le tomó una fotografía con su teléfono celular, mientras en el camino le insistían en que diera un nombre para soltarlo, a lo que él repetía que no conocía a nadie e incluso que le podían hacer un antidóping porque no consume drogas.

La patrulla se detuvo en despoblado y los agentes le pusieron una bolsa negra de basura en la cara. Lo golpearon.

“El que iba en el asiento de copiloto recibió una llamada. Dijo: ‘Ya lo tenemos’. Me puso el teléfono al oído y me dijo que era el comandante del ‘CDG’ en Laredo. Ese bato me dijo que no me hiciera pendejo, que ya sabían que yo andaba jalando. Le dije que yo ni era de aquí. Me pusieron la bolsa otra vez, me golpearon en la cabeza y le grité: ‘¡Cómo quieres que te diga si no conozco a nadie!’.”

Después de más golpes y amenazas de otro agente de cortarle los dedos “con unas pinzas para romper candados”, el supuesto comandante del CDG volvió a marcar y el agente volvió a poner el teléfono al oído de T. “Ya estuvo, mandé unos estacas por ti”, escuchó el joven, y minutos después vio acercarse a toda velocidad una camioneta blanca sin placas con hombres vestidos de civil armados.

“Me taparon la cara con mi camisa y me subieron a la camioneta blanca. En eso escuché que les llamaban por radio y les decían que me regresaran. Me subieron otra vez a la troca de Fuerza Coahuila y me dejaron donde me levantaron. En el camino me dijeron que me daban dos días para que les diera un nombre, que si no iban a ir por mí. También me amenazaron para que no denunciara.”

Antes de abordar su vehículo, T. vio llegar a su mamá. Se enteró que un testigo de su detención avisó a la señora y ella acudió de inmediato al cuartel de Fuerza Coahuila, donde advirtió que siendo su hijo ciudadano estadunidense, en ese momento cruzaría el puente fronterizo para denunciar en Eagle Pass que los agentes lo habían detenido.

La mujer no tuvo que salir de Piedras Negras. Minutos después de que saliera del cuartel se encontró con su hijo, a quien de inmediato condujo al Palacio de Justicia para interponer la denuncia.

Prosigue: “En esa oficina una señora me decía que cómo sabía que me habían levantado los de Fuerza Coahuila. Les dije que por la camioneta y sus trajes. Me dijo que había muchos como yo que decían eso y luego no regresaban. Se tardaron mucho en atendernos, firmé unos papeles y luego la señora me dijo que no estaba el doctor, que regresara al otro día. Yo creí que me iban a sacar fotos de la cara, mis manos y mi panza, que estaban rojos por los golpes, pero no. En la mañana vi que ya no se me veía nada y ya no quise regresar. Además para qué. Sé que no van a hacer nada”.

Desaparecido por “gates”

Piedras Negras no es la única ciudad que sufre de abusos de Fuerza Coahuila. En Torreón, Concepción Rodríguez Rivera, integrante del Grupo Vida, denuncia que su hijo Alfredo Vázquez fue detenido por efectivos de esa corporación el pasado 10 de abril y desde entonces no ha sabido de él.

Alfredo estaba sentado en la banqueta afuera de su casa cuando una patrulla de la corporación, seguida de un taxi con hombres armados, llegó al lugar y lo subió por la fuerza. Los hechos fueron atestiguados por su familia y sus vecinos. De la detención hay incluso un video de la cámara de seguridad de un negocio.

“En la procuraduría dicen que no se ve bien el número de la camioneta. Los gates dicen que ellos no fueron y que seguramente era una camioneta clonada”, dice Concepción conteniendo el llanto.

Las defensoras Ariana García, de Piedras Negras, y Silvia Ortiz, de Torreón, coinciden en que en casos de desaparición en los que están involucrados gates o efectivos de Fuerza Coahuila la impunidad es total.

“En una de las dos únicas reuniones que hemos tenido con el gobernador Rubén Moreira, al presentarle estos casos me dijo: ‘Te escucho, pero eso no significa que te crea’. Yo le dije que no le pedía que me creyera sino que investigara las denuncias de las señoras, quienes en ese momento se pararon para explicar sus casos”, apunta la abogada García Bosque.

En plenarias de revisión de expedientes del grupo Vida, el procurador del estado, Homero Ramos Gloria, “ha confesado que contra Fuerza Coahuila nomás no puede”, sostiene Ortiz.

Puntualiza: “En una de las últimas plenarias de este año, le presentamos pruebas de los casos de desaparición forzada que llevamos, y se atrevió a decirnos que si se las prestábamos para tener argumentos contra ellos, porque nomás no pueden con Fuerza Coahuila. Crearon un monstruo y no saben qué hacer con él”.