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lunes, 31 de julio de 2017

"El Licenciado Dámaso entrega a su hijo "El Mini Lic a la DEA



Fue una entrega a la colombiana sin que tenga las dimensiones de aquellas. La más célebre, Pablo Escobar Gaviria, bajo el lema de que prefería una tumba en Colombia que una cárcel en los Estados Unidos. Fue en junio de 1991 y un día antes de su entrega, la Asamblea Nacional Constituyente había aprobado la no extradición para colombianos, un tema que había sido debate público por años y que desató una guerra animal de los narcos contra las instituciones de ese país y contra líderes de opinión que se manifestaban a favor.

La de Dámaso López Serrano es, comparado con aquello, apenas una mala caricatura. Se entregó en la garita de Calexico el jueves por la mañana, luego de estar varias semanas escondido en la zona de Mexicali, donde, según, tiene casas y ranchos.

Iba huyendo y se acercó a lo que seguramente había escogido ya como su destino: los Estados Unidos. Huyendo de la policía que ya le respiraba en la nuca y de los hijos de Joaquín Guzmán Loera, que lo habían sentenciado a muerte en medio de esa guerra sin cuartel que desataron y que habían perdido los Dámaso desde que agarraron a su padre en la ciudad de México, el 2 de mayo pasado.

El Mini Lic nunca tuvo los tamaños de un capo. Los medios, los grandes y los pequeños, se equivocaron desde que agarraron a Joaquín Guzmán en el Miramar de Mazatlán porque, confundiéndolo con su padre, dijeron una y mil veces que era el heredero del imperio que dejaba el Chapo.

Nunca fue más que un hijo de papi que regenteaba pistoleros y cargamentos, sí, pero cuyas preocupaciones principales giraban en torno a los que se dio en llamar la “farándula buchona”: las fiestas, las mujeres, los antros, la música narca y los autos de lujo.

Junto con los hijos del Mayo Zambada y del Chapo Guzmán, en los tiempos en que todo el monte era orégano, comulgó también con los Cázarez, los Beltrán, los Torres… hasta que se puso en juego quién mandaría en la organización de Guzmán Loera.

Al iniciar la guerra se conocería también el tamaño de su padre, Dámaso López Núñez, un hombre que había crecido pero siempre bajo la sombra de Guzmán Loera, su compadre y sujeto a lo que “el señor” decidiera. Dámaso tejió hilos en Colombia, tenía relaciones en el Ejército y fue puente de acuerdos entre el Cártel y algunas esferas del gobierno, pero nunca con la independencia de un capo.

Y nunca había estado en guerra porque la que explotó al interior del Cártel en 2008, cuando se escindieron los Beltrán Leyva, no le tocó de frente. Y no era un hombre de armas propiamente dicho. Contrario a los Guzmán, que se han caracterizado por eso. No se les conoce como negociadores ni como grandes empresarios del narco al estilo de los Zambada, los Caro, los Esparragoza, incluso de los Beltrán Leyva. Pero tienen miles de hombres armados hasta los dientes que son capaces de desafiar al propio Ejército y a la Marina, como ya se ha visto, en algunas ocasiones con suerte y otras no tanto.

(Por eso no debe extrañarnos que la justicia gringa no haya encontrado todavía los cofres llenos de oro del capo en  los circuitos financieros ni las grandes empresas, con lo cual se derrumba solito el mito de Forbes).

Más montaraz que otros de su generación aunque la mayoría viene de arriba, el Chapo Guzmán se preparó para sobrevivir en situaciones de guerra. A tal grado que hasta en territorios que no eran suyos sembró sus ejércitos. Este es el caso de Culiacán, donde no hubo, por muchos lustros, más ley que la del Mayo.

Y entonces el Chapo se hizo cargo del narcomenudeo, un mercado que no le interesaba al “hombre del sombrero” porque sus miras iban y fueron siempre más allá. Un mercado que deja mucho dinero fresco, al diario, pero también muchos muertos.

Y en realidad esto era lo que los hijos del Chapo y los Dámaso se disputaban. Al grado de que ya se estaban peleando hasta por el control de las maquinitas de juego que se instalan en los abarrotes. Una guerra de poca monta en la que, de un bando, ha caído el último peón.

Fuente Ríodoce