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viernes, 1 de septiembre de 2017

El "Chango Méndez" el líder de La Familia Michoacana al que le gustaba decapitar Zetas



Con la aprehensión de este fundador de La Familia Michoacana, “se destruyo lo que restaba de la estructura de mando de esa organización criminal”.

Aseguraba el vocero del Consejo de Seguridad. De los 56 sicarios que iban a salir con él de Michoacán, al Chango Méndez sólo le quedaban ocho. Con ellos se fue a Jalisco, a San Luis Potosí, a Zacatecas y a Aguascalientes. A salto de mata, su idea era llegar a Juárez y de allí pasarse, con los contactos que aún le quedaban, a Texas, y seguir hasta Orlando, Florida.

En esta ciudad La Familia hizo contactos sólidos desde mediados de la década pasada. Quería juntar gente para mantenerse vivo, para protegerse y reorganizar una banda local o regional, quizá al servicio de otro cártel, pero lejos de Michoacán, a donde ya no podría regresar.

La cosa era sobrevivir y no acabar muerto a hierro, desmembrado y descabezado —como él mismo ordenaba a su gente acabar con los traidores, los espías, los cobardes y los infieles.

Con los ocho hombres que le quedaban se fue a San Luis Potosí para encontrarse con Los Zetas de Enrique Rejón Aguilar, El Mamito, con quien pactó. El líder de este cártel en la zona del Bajío le aseguró que le enviaría unos 200 Zetas que le ayudarían a regresar a Michoacán para recuperar la plaza que le arrebató Servando Gómez Martínez, La Tuta, tras la muerte de Nazario Moreno González, El Chayo, fundador y guía espiritual de La Familia Michoacana.

El Chango creyó cada palabra del Mamito. Confiado, de Aguascalientes regresó a San Luis Potosí para tomar parte de la ayuda prometida. Pero al llegar a una de las colonias conurbadas de la ciudad la suerte acabó por darle la espalda. Cuatro de sus escoltas se desplegaron para buscar el apoyo anunciado. Regresaron con malas noticias: no había Zetas, ni armas, ni dinero para seguir adelante. Los mandó entonces a buscar puntos para ocultarse mientras volvía a contactar al Mamito. Nunca regresaron.

El Chango Méndez estaba solo. 

Con sus cuatro escoltas personales (Juan José Esquivel Barragán, de 25 años; Luis Alfonso Reyes Ramírez, de 32 años; Luis Paredes Cárdenas, de 35 años, y Carlos Vizcaíno Tapia, de 29 años de edad) decidió volver hasta Aguascalientes para replantear su estrategia y optar por el plan B: tratar de llegar a la frontera. Pero…

DE AGUILILLA A MATAMOROS

Nacido hace 50 años en el poblado de El Ahuaje, en Michoacán, en los límites con Jalisco, El Chango encontró en el negocio de la venta de marihuana una veta de oro que lo llevó a trabajar para el cártel del Golfo a finales de los años noventa. Según la Policía Federal, una de las primeras actividades delictivas de Jesús Méndez fue la compra y venta de cargamentos de marihuana que pasaba por la frontera norte a través de Reynosa, Tamaulipas.

Sus años de servicio con el cártel del Golfo, que entonces dirigía Osiel Cárdenas Guillén, fueron los de la llegada de Los Zetas como brazo armado de la organización. El Chango conoció a Los Zetas históricos, a los 34 integrantes iniciales de un grupo del que hoy sólo quedan 15 elementos. De entre ellos forjó amistad con El Mamito, un cabo de Infantería (matrícula C-720867) perteneciente al Sexto Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) con sede en la 25 Zona Militar de Puebla, capacitado como francotirador y especialista en explosivos. Entre 1997 y enero de 1999 Rejón Aguilar fue comisionado como Agente C de la desaparecida Policía Judicial Federal (PJF) en Tamaulipas y Coahuila. El Mamito causó baja del Ejército por deserción el 27 de febrero de 1999; medio año antes había establecido contacto con Heriberto Lazcano, El Lazca, y con Arturo Guzmán Decena,Z-1, fundadores de Los Zetas, para sumarse a las filas del grupo paramilitar que ya contaba con 32 militares y 14 ex policías estatales y municipales.

Carlos Rosales Mendoza, El Tísico o Carlitos, llevó al Chango Méndez a Tamaulipas para que se familiarizara con las rutas de la marihuana hacia la frontera con Texas. Los Zetas coparon muy pronto los territorios y sometieron a bandas rivales, a policías y a militares que estorbaban la expansión de la banda. Rosales, quien inicialmente tenía acuerdos con la organización de los hermanos Valencia, también conocido como cártel del Milenio, rompió con esa organización que encabezaba Armando Valencia Cornelio.

Antes de que concluyera el año, Valencia fue detenido y su organización comenzó a ser asediada por el gobierno federal y por otros cárteles. Entonces Rosales creó su propio grupo, al que bautizó como La Empresa, que comenzó a operar a partir de las acciones de dos células, una dirigida por Nazario Moreno y otra por Jesús Méndez. Para apuntalar el surgimiento del nuevo cártel, Rosales pactó rápidamente con Osiel Cárdenas para que ambos pudieran traficar sin problemas desde la costa de Michoacán hacia la frontera norte.

El Chango Méndez fue enviado a Tamaulipas para encargarse de las operaciones del paso de la droga, pero meses después de pactar con el cártel del Golfo, en una operación encabezada por fuerzas especiales del Ejército, Osiel fue detenido en Matamoros al tratar de escapar de un grupo de asalto del GAFE. Méndez regresó entonces a Michoacán. Un año después, en octubre de 2004, Rosales fue detenido por el Ejército Mexicano en Morelia, y El Chayo Moreno asumió el control de La Empresa. De cualquier forma, como Méndez conocía bien las operaciones y contactos fuera de Michoacán, Nazario Moreno decidió que entre los dos se repartieran las plazas. El acuerdo tenía un objetivo fundamental: disminuir el control y la presencia de Los Zetas en Michoacán, pero conservar, en la medida de lo posible, el contacto con la poderosa organización que tenía presencia dentro y fuera del país.

Para 2006, cuando Nazario Moreno y Jesús Méndez dieron a conocer La Familia Michoacana mediante mantas, pancartas y diversos actos delictivos, Los Zetas estaban a punto de iniciar allí operaciones por su cuenta, por lo que inició una guerra contra sus antiguos patrones del Golfo y contra el cártel de Sinaloa, que desde entonces buscaba posicionarse en Michoacán.

EN EL NOMBRE DE...

A partir del 2007 La Familia Michoacana creció vertiginosamente. Se expandió a los estados de Guanajuato, de México, Guerrero, Colima y Jalisco. De acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública federal, el cártel estableció un férreo control sobre nueve de los 32 municipios (Uruapan, Apatzingán, Los Reyes, La Ruana, Buenavista, Tancítaro, Sahuayo, Peribán y Cotija) que forman Michoacán. Esta expansión se dio a la par de la de Los Zetas, con métodos de violencia extrema (desmembramientos, decapitaciones, torturas y ejecuciones videograbadas y cargadas en YouTube y en redes sociales, ataques contra cuarteles policiacos y militares, así como contra objetivos civiles).

En 2008, Nazario Moreno, Jesús Méndez y los nuevos líderes emergentes de La Familia, como Enrique Plancarte (Kike o La Chiva), Dionicio Loya Plancarte (El Tío) y Servando Gómez Martínez (La Tuta), a quienes El Chayo había encargado el control de plazas como el estratégico puerto de Lázaro Cárdenas, reportaban que Los Zetas estaban incumpliendo los pactos y buscaban adueñarse del sitio. Esto provocó el rompimiento entre La Familia y el cártel encabezado por Heriberto Lazcano y Miguel Ángel Treviño. Pero para entonces la gente de Moreno y del Chango Méndez ya había sido lo suficientemente adiestrada en las brutales técnicas de interrogatorio y propaganda de Los Zetas.

Los reportes de inteligencia militar y policial señalan que las decapitaciones que La Familia se adjudicaba eran en realidad ejercicios de temple ordenados por Moreno y Méndez a los reclutas, para medir su fortaleza de espíritu, su arrojo, su nivel de obediencia y su compromiso con la organización. Moreno reunía a los aspirantes a sicarios de la banda, y junto con Méndez les decía que para ser parte de la organización tenían que matar a alguien con sus propias manos, luego cortarle la cabeza y llevar el cuerpo a un lugar que se les indicaría. Los aspirantes a sicarios eran llevados entonces a una casa de seguridad en donde había gente secuestrada. “¡Agárrense a uno y ya saben qué hacer!”, era la orden.

Imbuidos por un misticismo de corte evangélico con el que adoctrinaban a sus sicarios y a sus simpatizantes, los líderes de La Familia siguieron al pie de la letra las instrucciones y la visión que Moreno y Méndez impusieron en la organización para mantener la disciplina y para corregir malas conductas. Ese discurso comunitario y religioso le dio una mística particular y una inaudita aceptación social al cártel. En una narcomanta colocada a finales de octubre de 2006 para justificar el asesinato y decapitación de cinco hombres cuyas cabezas fueron arrojadas a la pista de baile del bar Sol y Sombra, en Uruapan, los líderes de la organización escribieron: “La familia no mata por paga. No mata mujeres, no mata inocentes, sólo muere quien debe morir, sépanlo toda la gente, esto es justicia divina”.

Aquellas decapitaciones se sumaron a otras ocho cometidas en ese año como parte de la sangrienta presentación del cártel. En otros crímenes similares, los sicarios dejaron mensajes en los que advertían que La Familia no toleraría la presencia de narcotraficantes, de vendedores de metanfetaminas, de secuestradores, de extorsionadores o de violadores. El propio Méndez llevó a sus creencias místicas y evangélicas a niveles inimaginados. Preparó y armó a un grupo de 12 sicarios con los mejores fusiles, con granadas, autos blindados, chalecos tácticos y otros implementos, hasta convertirlos en sus “doce apóstoles”: sus guardianes divinos.

Entre las reglas establecidas por El Chayo y El Chango estaban la de no tomar alcohol o algún tipo de droga… salvo la marihuana, porque la cannabis podía usarse para agarrar temperamento por una sencilla y poderosa razón: es una planta, es natural y “la da Dios”.

El Chango Méndez, por quien la justicia mexicana ofrecía una recompensa de 30 millones de pesos a cambio de informes con los cuales se lograra ubicarlo y detenerlo, circulaba con los cuatro apóstoles que le quedaban cuando fue detenido en un retén carretero por la Policía Federal. Dos pistolas, dos granadas de fragmentación, una subametralladora Uzi nueve milímetros y dos fusiles de asalto eran sus armas, además de dos radios con los que El Chango se comunicaba con el auto que iba delante del suyo. Cuando los arrestaron no tenían ya para dónde moverse. Era eso o el regreso a Michoacán, a una muerte segura y terrible.