Entrar a pagina

domingo, 1 de octubre de 2017

Las mujeres torturadas por la Marina y el Ejército acusadas de pertenecer a los Zetas



Éste es uno los testimonios que hemos recopilado entre gente metida contra el Narco que forman parte de Los Narco Relatos un proyecto que recopila las historias que se cuentan a diario en México son las huellas que a dejado la guerra contra el narcotrafico y que damos testimonio aquí. En esta ocasión lo acompañamos de nombres reales, los lugares en los que sucedieron los hechos son especificos y lo he acompañado de mi definición de estos lamentables hechos.

Cuatro mujeres están a punto de ser torturadas. Una está c*giendo frenéticamente en un motel. La otra baila en la pista de un bar. La tercera duerme en bikini sobre la cama de un completo desconocido, y la última se está colocando una toalla sanitaria en el baño de su casa. A juzgar por su estado de ánimo no tienen ni put@ idea de que sus vidas están a punto de convertirse en una furiosa y asustada alarma antiaérea. En los próximos cinco minutos las van a condenar por pertenecer al cártel de la última letra: Los Zetas.


KRISZTINA KIRÁLY

Cuando estaba sentada en el sillón de mi casa y miraba en la televisión de mi recámara violencia en Latinoamérica, siempre era Colombia el escenario donde corrían las balas y la sangre, pero no México, adonde vine desde Hungría, buscando superar la crisis económica. Pero las cosas salieron de la chingada, terminé recluida en el Cereso Femenil de Mexicali acusada de pertenecer al cártel de Los Zetas.

Más que los muertos que he visto colgados en los puentes vehiculares a lo largo y ancho del país me sorprendió lo paradisiaco de las playas oaxaqueñas y sobre todo, la disposición que tienen los mexicanos para convertir en festejo cualquier trivialidad. De las drogas sé poco, por mera recreación he probado mariguana y cocaína. Las tachas y el éxtasis nunca, porque diez años atrás, cuando salí de Europa Oriental, apenas comenzaban a ser las invitadas indispensables de las fiestas.

Mis compañeras me dicen que me parezco a las gitanas que caminan en los centros comerciales de Mexicali, buscando a quién leerle la mano por 30 pesos. Me cuesta trabajo ubicar acentos en las palabras. Mi “mama” era enfermera de hospital y mi “papa” policía, allá en mi aldea natal de no más de 2,100 habitantes, Taktaszada, junto a la frontera con Eslovaquia.

El motivo de mi detención es por delincuencia organizada, según me dicen es por droga. Tengo aquí en Mexicali casi dos años y medio.

Llegué a trabajar al Distrito Federal hace casi nueve años. Fui edecán, dama de compañía y bailarina exótica en fiestas. En Hungría trabajaba en la empresa Nestlé, pero no me alcanzaba el dinero y después me quedé sin trabajo. El esposo de una amiga de allá en Hungría, me dijo que me podía conseguir trabajo en México en un centro nocturno. Acepté, viajé y comencé a trabajar en Solid Gold; no es un table dance cualquiera, es un elegante restaurante, es más, teníamos que usar vestido de noche y muchas veces sólo platicábamos, no fichábamos. Ahí está lleno de mujeres checas y húngaras. Los clientes pueden cenarse un filete en un privado mientras alguna chica le baila desnuda.

Estaba en Puerto Escondido, después de estar en el Distrito Federal me había ido a vivir allá. El día que me detuvieron me habían contratado para dar un show a una persona que cumplía años. Me contrataron de 12 de la noche a 12 del día, pero como a las cuatro me dio sueño, me fui a dormir un rato y les dije que si me ocupaban para algo que me levantaran. Como a las nueve de la mañana entró el Ejército rompiendo puertas y nos detuvieron a todos. Nunca me preguntaron nada, ni cómo me llamaba, ni de dónde era, ni qué estaba haciendo ahí, sólo me esposaron y me subieron a un camión.

Fui torturada. Me pegaron con los puños en la nuca. Me pegaron en todo el cuerpo hasta que se aburrieron. Y me descargaron 200 voltios de electricidad en todo el cuerpo. Después de horas de golpes e interrogatorio pedí agua. En respuesta me acostaron, me metieron un embudo de plástico en la boca, me vaciaron varios litros de agua de la llave y me pegaron con los puños en el estómago. Pensé que estallaría. No supe si me torturaron militares o policías, porque siempre tuve tapados los ojos.
Tengo una niña de dos años que se quedó en Puerto Escondido con su papá, un arquitecto con el que viví dos años. No tengo familia en México y nadie me visita; a veces mi familia me manda dinero o mis amigos, pero no siempre. Es difícil. Algunas chicas de mi pasillo me ayudan con cosas personales como papel de baño, jabón o quince pesos de tarjeta de teléfono para llamar y preguntar cómo está mi hija, eso porque las ayudo con la talacha o lavo su ropa. Es difícil estar en la cárcel cuando eres extranjero.

Aparte de la libertad, lo que más extraño es comer bien, cocinar. A mí me encanta la gastronomía, me gusta mucho la comida mexicana, el mole poblano, la sopa azteca, el picante. Aquí en la cárcel mi comida favorita son los chilaquiles. Nunca pensé extrañar tanto a mi familia y a mi hija, nunca pensé separarme de ella.

También extraño la música. Me gusta mucho la música clásica, el sonido del piano y del violín. La única música que escucho aquí en la celda es la de la televisión. Cuando le estamos cambiando de canal y en alguno hay música, ahí le dejamos y todas las compañeras bailamos y cantamos. Me gusta la música de mariachi. En Hungría nunca la había escuchado. La banda sinaloense se parece en algunos sonidos a la música de las bandas de Alemania y del bosque donde vivía, me gusta.

Mi embajada supo que me detuvieron después de muchos días. Cuando me detuvieron lo primero que tenían que hacer los militares era comunicarse con mi embajada. Hasta que estaba arraigada en la PGR, en el Distrito Federal, me dejaron comunicarme con la embajada de mi país; ellos me llevaron ropa interior y cosas personales que necesitaba. Mi caso se está llevando en Tamaulipas, aunque me detuvieron en Oaxaca y yo estoy aquí en Mexicali. Mi abogado, que está en Matamoros, piensa que este año salgo. No tienen de qué acusarme, yo nomás estaba haciendo mi show, no conocía a las personas que dicen que eran de Los Zetas. Nunca miré drogas, ni armas en la casa donde me contrataron. La casa tenía alberca, pero no era muy lujosa.

Aquí en la cárcel hay muchas que son inocentes, como en mi caso. Casi siempre el novio o el esposo las metió en problemas y ellas ni sabían. Muchas se declararon culpables de delitos que desconocían, pero porque las torturaron. Me acuerdo que cuando llegué a México y estaba el presidente Vicente Fox no había tanta violencia. Cuando entró Felipe Calderón todo se puso muy violento. Una vez estaba en La Costera de Acapulco y se soltó una balacera tan fea que era como la guerra; mis amigas empezaron a temblar y yo las tiré al suelo y nos arrastramos por la banqueta, inmediatamente nos regresamos al DF.

Un día en la cárcel comienza con las arrastradas (ollas) para comer, llegan a las 6:30 am, a esa hora desayunamos y limpiamos las celdas. Después, yo por ejemplo, y todas las que somos trasladadas de otros estados sólo podemos salir al patio los lunes una hora, todos los demás días estamos encerradas las 24 horas. En mi celda éramos 18 sólo que hace dos meses se llevaron a seis a Nayarit. Todas las que estamos por delitos federales podemos ser trasladadas a otras cárceles de México; las que son de Mexicali son las que pueden ir a clases, a la iglesia y salir al patio dos horas a la semana.

En el penal está prohibido el uso de maquillaje, pero hemos aprendido a maquillarnos con la tinta de las páginas de revistas que remojamos en agua, usando colores de madera, plumones y grenetina, eso es lo que podemos usar. Por ejemplo, los labios los pintamos con grenetina de fresa. No es agradable estar aquí. Quisiera que mi papá leyera esto, pero no me acuerdo de su correo. Ojalá hubiera más deporte aquí, nunca nos movemos y ya me duelen los huesos.


Ella fue trasladada a las Islas Marías, decía que de esa forma podía estar más cerca de su familia.

JACQUELINE CERVANTES

Estoy acusada y asustada, pero ya no lloro, no le veo el caso. Estoy presa por delincuencia organizada y violación a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos, en las modalidades de portación de arma de fuego de uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza Aérea. No me han sentenciado, mi proceso sigue abierto. Me acusan de pertenecer a una célula de Los Zetas.

Me apodan Güera. Soy de Tula, Hidalgo. Nunca pensé que acabaría tan lejos de casa. Allá me dedicaba al comercio. Vendía pollo asado, dulces, zapatos y lo que se me atravesara. Tengo 29 años. Llegué a Mexicali el 18 de julio de 2011.

Cuando me sacaron del Centro Nacional de Arraigos de la PGR y me subieron al avión de la Policía Federal para traerme a la frontera, pensé que me iba a desmayar, nunca me había subido a uno, pero no pasó nada, siempre estuve despierta. Pero antes te voy a contar no de cuando me fui si no de cuando llegué ahí. Me acuerdo que los marinos nos dijeron: “Bienvenidos al VIP arraigo”, y se rieron.

La vigilancia era las 24 horas del día. Es como estar en un hotel, pero con rejas en las puertas. Dependiendo del delito es el color de la camiseta. A mí, que iba por delincuencia organizada, me tocó el color amarillo. A los que están por lavado de dinero les toca el verde. Color rojo es por secuestro. Naranja por terrorismo. A los de trata de personas y venta de órganos les toca camiseta blanca. Y morado es por fraude bancario por internet y extorsión.

Hasta el cuarto día de arraigo pude comunicarme con mi hermana y avisarle dónde estaba. El teléfono para comunicarme me lo prestaron desde el primer día, pero con tanto golpe y el estrés de la detención, se me borró la memoria y no recordaba ningún número de mi familia. El único que recordaba era el de la casa de mi mamá donde yo estaba viviendo, pero ella había muerto hacía dos meses y pues no había quién lo contestara.

Mi piso era el cuarto y la habitación la 414. Aprendí a realizar papiroflexia; muchos de los internos saben hacerlo porque Zhenli Ye Gon, un empresario chino que ahí estuvo arraigado, les enseñó y dejó la tradición. Me dijeron que en el piso donde pasé 80 días también estuvo detenido el cantante Ramón Ayala y en la de la habitación de al lado, el conjunto de música norteña Los Cadetes de Linares. Y alguna vez Daniel Arizmendi, El Mocharoejas.

¿Que cómo fue mi aprehensión? Ahí te va. Una semana después de que la policía del estado de Hidalgo capturó a una célula zeta, tres comandantes de plaza se pusieron de acuerdo para darles un escarmiento a los policías y cocieron a balazos una agencia del ministerio público de Tula. Mataron a un agente, a una secretaria y a un señor que iba pasando. Una semana después agarraron a un grupo como de treinta zetas que eran sicarios, estacas y halcones. Les decomisaron una bazuca, varios AK-47 y R-15, granadas y como dos mil balas.

La tarde en que me detuvieron había dejado encargados a mis hijos con mi hermana porque me tenía que ir a trabajar al tianguis donde vendía ropa, pero como se me habían olvidado mis toallas sanitarias y mis cigarros me regresé a mi casa. Cuando llegué miré que en un auto color plomo estaba un hombre de lentes y bigote espeso, muy serio. Como ya me andaba por entrar al baño lo hice y no había pasado ni un minuto cuando escuché que están tocaban la puerta como si quisieran derribarla.

No me apresuré a terminar lo que estaba haciendo, pensé: Que me esperen si tanto les urge. Salí del baño, me dirigía a la sala para abrir la puerta cuando de repente la madera voló en pedazos, imaginé que la habían estallado con explosivos. Apenas y entendía lo que estaba sucediendo cuando entraron dos hombres encapuchados apuntándome al rostro con unas metralletas. Les pregunté “¿Qué se les ofrece?” y me agarraron de las greñas y me sacaron a la calle. Ahí empecé a entender que eran policías porque había como otras 30 personas armadas y uno de ellos me dijo con voz fuerte, como de militar: “Agáchate, hija de tu puta madre”.

Me cubrieron el rostro con una camiseta y me volvieron a meter a la casa. Me aventaron a una silla y encima de mí se sentó en mis piernas un policía federal apuntándome con su arma y en la nuca me apuntaba otro, no podía ver pero escuchaba que cortaban cartucho y me pegaban con el cañón en la cabeza. Pensé en la muerte y en mis tres hijos, todo junto en una imagen, todo revuelto. Recordé sus uniformes de la escuela, los anuncios de cereales de la televisión y el día en que uno de ellos se rompió un brazo al caerse de un columpio. Pensé en mi madre que acababa de morir y en el día que me alivié del más pequeño.

Comenzaron a interrogarme, me decían que si cooperaba no me pasaría nada. Les dije mi nombre, mi dirección, mi oficio. Sólo pensaba en que me iban a matar. Uno de ellos me dijo: “Mira, pinche güerita, no creas que por ser mujer te vamos a tener consideraciones”. Cómo cambian las cosas. Veinte minutos atrás yo estaba fumándome un cigarro, pensando en lo hermoso que era ser mamá y ahora estaba golpeada, con los nervios a punto de estallar y encadenada con unos grilletes de pies y manos.

Siguieron haciéndome preguntas, pero ya no sabía qué contestar. Escuché que dijeron: “Ahorita te vamos a ayudar a que recuerdes”. Me empezaron a golpear con el puño en la nuca y en la espalda, muchas veces, aparte, me agarraban las nalgas. Me sacaron de la casa y me subieron a una camioneta. Me preguntaban si portaba algún tipo de arma. Se me hizo ridícula la pregunta, no llevaba ni bolsa, pero todo era para tocarme los senos con el pretexto de que buscaban una navaja.

La camioneta se detuvo de repente, se escuchaba un eco e imaginé que habíamos llegado a un almacén. Me arrastraron a una especie de celda en donde lo único que podía ver eran zapatos y pies descalzos. A unos metros de donde estaba se podía escuchar que golpeaban a una persona que gritaba mucho. Me asusté y sólo se me ocurrió sentarme en el suelo y hacerme bolita, apenas lo había hecho comenzaron a patearme la cabeza diciéndome: “Párate bien, pendeja, aquí no es un hotel”.

Cada media hora me metían a un cuarto y me pedían que cooperara. Siempre estuve tapada de la cara y con cadenas en el cuerpo. Nunca tuve a un abogado, nunca leí la declaración que me hicieron firmar. Nada podía ser más humillante hasta que comenzó a bajarme el periodo. Cinco días sin poder cambiarme de ropa, sin saber por qué estaba en los separos de la Policía Federal. El sexto día, junto con otras personas, me sacaron de la celda y nos subieron a un rino, como le dicen a unos vehículos de policía que parecen tanques de guerra. Parecíamos sardinas, todos apretados. Nos dijeron que nos llevarían a Veracruz, pero nos llevaron a la Ciudad de México, lo supe porque cuando se me movió la venda de los ojos pude ver pasar una mancha naranja, como un tren, era el Metro.

Dos meses después de estar arraigada me dieron auto de formal prisión. Cuando llegué aquí al Cereso de Mexicali pesaba 87 kilos, ahora peso 52. Me siento peor de lo que debe sentirse un pájaro enjaulado. Estoy encerrada en una celda con 20 compañeras todo el día. A veces peleamos por el maquillaje porque casi no hay, o los ánimos se calientan, aunque a veces todas estamos tan deprimidas que solamente lloramos.

Aquí algunas de las custodias son lesbianas. El día que llegué lo primero que me pidieron fue que me desnudara y que hiciera 50 sentadillas, nunca entendí el motivo. He aprendido a valorar todo en la vida, desde el pedazo de piso donde duermo hasta un plato de frijoles o dos tortillas. Espero salir libre algún día, soy inocente, mi delito es haber tenido un amigo que sí trabajaba como halcón, pero yo no.



Vero fue sentenciada en 2012, luego de estar recluida casi tres años. Su condena definitiva fue de 25 años por ser cómplice de homicidio agravado en primer grado.

BERTHA TERESA

Sé que no estoy muerta porque engordé siete kilos ahora que estoy recluida. Salí a bailar y beber whisky acompañada de mi novio y mi hermano, y terminé a tres horas en avión de mi casa; de estar en Poza Rica, Veracruz, acabé en Mexicali.

Apenas iba comenzando una canción de cumbia colombiana cuando, en menos de lo que canta un gallo, abrieron la puerta del bar y entraron como veinte marinos armados con metralletas y encapuchados. Luego luego nos amenazaron con disparar si nos movíamos: “Marina Armada de México, tírense al piso, hijos de su puta madre”, nos dijeron; después nos gritaron que nos pusiéramos de rodillas y que cerráramos los ojos. Ahí comenzó la noche más larga de mi vida, una noche que todavía no termina. Lo último que vi antes de que me subieran al camión, me vendaran los ojos y me amarraran, es que éramos como 15 personas las detenidas.

Nadie me visita, mi familia sólo me habla por teléfono o me manda dinero. A mi niña la dejé de ver cuando ella tenía tres meses, por última vez la vi la primera navidad que pasé aquí. Casi me la tuvieron que arrancar de los brazos cuando la visita se terminó. Esta es mi historia narrada desde los patios del Cereso Femenil de Mexicali, el M15, como le decimos a esta área. Constantemente pienso en un plato de mariscos y una cerveza bien helada. ¿Qué pensarían mis antepasados, los totonacos, al verme tan lejos de casa?

Supongo que después de que nos sacaron del bar nos llevaron a las instalaciones de la Marina; nunca vi nada porque siempre estuve vendada de los ojos. Los marinos me robaron mis joyas, intentaron violarme, me dieron descargas eléctricas en todo el cuerpo y me metieron en una celda del tamaño de una casa para perro en donde me dieron de comer en el piso. Toda la noche escuché golpes y gritos que me llenaban de terror. A cada rato me preguntaban mi nombre, mi dirección y a qué me dedicaba.

Pasaron las primeras ocho horas, comenzaba a amanecer cuando me sacaron de mi pequeña celda y me desvistieron; alcancé a escuchar a mi hermano que gritaba que no me hicieran nada. Me vistieron y me regresaron a la casa de perro. Sentí el calor del sol y supe que estaba amaneciendo, entonces escuché que sobrevolaban unos helicópteros y muchas voces de personas que bajaban de ellos.

Me llevaron de comer, pero como me negué me aventaron la comida al piso. Dos días después me sacaron arrastrando de mi jaula y a empujones me subieron a un helicóptero que estaba lleno de gente, no veía nada, pero sé que eran personas porque caí encima de varios cuerpos humanos. Nos bajaron del helicóptero y llegamos a otro lugar que siempre he pensado que era como un almacén. Todo lo que cuento lo digo desde la oscuridad. Nunca miré nada. Pensé que ya me soltarían, pero me llevaron a las oficinas de la PGR y me leyeron un parte informativo totalmente falso. Me acusaron de portar droga con fines de distribución, de pertenecer a una organización delictiva y haber robado mi propio vehículo.

Tres días después me permitieron hacer una llamada telefónica a mi casa. Me enteré que aprovechando los datos que di de mi domicilio a los de la Marina, ellos entraron a mi casa, golpearon a mis padres, se robaron dos televisiones, celulares, computadoras, la comida del refrigerador y hasta mataron a mis pericos que eran mis mascotas. Afortunadamente a mi hija de tres meses de nacida no le hicieron nada.

De un día a otro perdí a mi hija, a mi madre, mi trabajo. Estoy aquí sin justicia, presa, sin respuesta de nadie. Mi caso es como el de muchas compañeras, estamos recluidas por amor, aunque suene ridículo. Por un hombre terminamos presas. No sé si lo que se diga de mi novio sea verdad, pero poco me interesa a estas alturas. La única certeza que tengo es que a mi hermano y a mí nos arrebataron la vida. Es como si nos hubieran matado y siguiéramos vivos para vernos muertos. Somos inocentes.

Me llamo Bertha Teresa. Tengo 25 años. Estoy muy lejos de mi familia, cada que lo pienso me dan ganas de vomitar por la ansiedad. Ahora sé que fui detenida en un operativo donde arrestaron a 80 miembros de Los Zetas, entre ellos mi novio. Los acusan de secuestro, homicidio, clonación de tarjetas bancarias y robo de autos. Mi abogado, que antes era mi jefe en el despacho donde trabajaba, dice que puedo quedar en libertad de un momento a otro ya que los cargos que se me imputan se han desvaneciendo, y de tener delincuencia organizada sólo me queda posesión de droga. Soy inocente, simplemente estaba en el lugar equivocado. Han pasado casi dos años y medio desde el 27 de agosto de 2011.

LAURA ISABEL

Estoy segura de que me sentenciarán a 70 años de prisión por delincuencia organizada, secuestro y venta de drogas. Apenas tengo 25 años. A mí y a mis compañeras se nos vincula con el cártel de la última letra, pero conmigo es diferente: Yo sí admito haber pertenecido a ese grupo. Lo único que no admito son los delitos que me achacan. Si bien es cierto que era jefa de un grupo de halcones, es decir, un grupo encargado de espiar a los militares para después comunicarle cada uno de sus movimientos a mis superiores, mi chamba hasta ahí llegaba, nunca secuestré ni maté a nadie, aunque sí vi algunos muertos en la cajuela de varios autos. Tengo dos años en esta prisión de Mexicali, y soy procedente del puerto de Veracruz.

Recuerdo la última mañana con mi esposo y mis dos hijas. Abro los ojos y sobre el buró, junto a mi cama, veo un recado que dice: “Mi amor, hoy es un día muy especial, gracias por compartir tu vida al lado de la mía. Te tengo una sorpresa. Besitos”. ¿Cómo pude ser tan distraída? Había olvidado nuestro aniversario.

Por ser un día especial mi esposo y yo habíamos decidido romper la rutina y pasar un momento a solas en algún motel. Así lo hicimos, para no tener que preocuparnos de que en cualquier momento alguna de nuestras pequeñas pudiera abrir la puerta y vernos. Tal vez fue la peor decisión que tomé en la vida. ¿Quién iba a pensar que estaba a punto de perder a mi familia, mi libertad?

Después de dos horas de estar en la habitación del motel escuché que abrieron la puerta eléctrica de la cochera del cuarto. Le pregunté a mi esposo si había pedido servicio a la habitación y me respondió que no, moviendo la cabeza. Nos quedamos en silencio y atentos, sabíamos que lo más probable era que tocaran la puerta.

De pronto vimos una luz blanca que se hacía más intensa, luego tocaron más fuerte y dijeron: “Somos las fuerzas especiales de la Armada”. Nos miramos el uno al otro sorprendidos, pensando: ¿De verdad dijeron eso?, ¿escuché mal? De nuevo tocaron con la misma rudeza, pero ahora dijeron: “¡Si no abren la puerta la tiramos”. Me vestí como pude, llena de miedo y corrí hasta la puerta para abrirla. Eran muchos soldados de la Marina con metralletas, lámparas y el rostro cubierto con pasamontañas, era como un sueño. “¿Pasa algo?”, les pregunté. “No, sólo es una revisión de rutina, identifíquense, nada más vamos a revisar la habitación”.

Sólo alcancé a decir que estaba bien, que pasaran. Cuando volteé a la derecha y vi que a mi esposo lo estaban golpeando, me asusté mucho y grité. Todo fue en vano, me vendaron los ojos y me ataron de las manos. Pensaba que probablemente no eran marinos por la forma en que me estaban tratando. A mí también comenzaron a golpearme sin parar. De repente me sacaron de la habitación y me subieron a un vehículo, pero a mi esposo no lo subieron conmigo. Mientras circulábamos en el vehículo, los marinos me preguntaban si mi esposo y yo trabajábamos para el crimen organizado. Ese trayecto fue el más incierto de mi vida. Llegamos a un lugar donde yo pensaba ingenuamente que me dejarían ir a mi casa, pero no, las cosas se pusieron más intensas; me golpearon cada vez más fuerte, me insultaron, pero sobre todo me torturaron psicológicamente. Me llené de pánico. Trataron de asfixiarme con una bolsa de plástico, me desmayé varias veces. Después me azotaron en las nalgas con un barrote de una forma muy cobarde, de igual manera mi hombro izquierdo, el dolor se hacía cada vez más intenso. Dejaron de golpearme, pero me pidieron que me despojara de toda mi ropa. Estando desnuda me ordenaron que entrara a la regadera y cuando estaba toda mojada sentí la primera descarga eléctrica.

Se reían de mi dolor, me pidieron que me vistiera después de haberme dado toques eléctricos hasta que se hartaron. Y todo porque no decía lo que ellos querían escuchar. A las horas llegó una persona que decía: “Habla, marrana, o voy a ir por tus hijas y les cortaré dedo por dedo hasta que me digas todo lo que sabes”. Ahí sentí que el mundo se derrumbaba sobre mi espalda. Ya me habían hecho tanto daño que obviamente creí que sí eran capaces de hacer tal atrocidad, aun así respondí: “Vaya a mi casa ahí están mi papás, revise todo lo que quiera y se va a dar cuenta que yo no soy lo que usted piensa”. Pero hicieron caso omiso, fueron constantes sus amenazas y groserías. A decir verdad, lo que ya me habían hecho no era nada comparado con lo que estaba por venir. Nuevamente me pidieron que me despojara del pantalón, dentro de mí me decía: Ahora sí seré ultrajada. Nunca imaginé la crueldad que tienen las autoridades y lo sádicas que pueden ser. No les bastó con todo lo que me hicieron, cuando me había quitado el pantalón me sujetaron con fuerza y me dieron toques en el área del recto; fueron tantas veces las que lo hicieron que perdí el conocimiento. Con toques eléctricos me desmayaban y con toques eléctricos me revivían.

Para cerrar con broche de oro los marinos me pasaban por la cara y la boca sus genitales, aparte de que me pegaban para que abriera la boca y se las chupara. Me tocaban el cuerpo de una forma tan horrible que me cuesta trabajo explicar lo que sentí. Así estuve en ese lugar tres días, sin comer, desangrada, adolorida, con la incertidumbre de no saber si estarían bien mis hijas; sin saber qué le habían hecho a mi esposo y con miedo de pensar que mi pobre madre estaría devastada por no saber de nosotros.

Presa del miedo y las circunstancias terminé aceptando todo. Hoy ya son sólo recuerdos que día a día se ensombrecen. Han pasado dos años desde que perdí a mi familia, no he vuelto a ver la carita de mis pequeñas desde aquel trágico día. Estoy pasando por un proceso interminable, acusada de delincuencia organizada y secuestro. De mi príncipe amor sólo sé que está más cerca de casa, encerrado en una cárcel de Coatzacoalcos, Veracruz. Mis pequeñas esperan ansiosas que sus papás regresen pronto. Soy de Veracruz y me trasladaron hasta Mexicali. Las posibilidades de recuperar mi libertad son pocas, pero tengo mucha esperanza. Aquí estoy viendo pasar el tiempo y anhelando tener sólo una vez más a mis pequeñas entre mis brazos.

Las fotografías de este artículo pertenecen a la serie Gris y blanco, de Karla Paulina Sánchez, en la que retrata a presas del Cereso Femenil de Mexicali. En el proyecto, Sánchez se enfocó a trabajar con las mujeres que son mamás.

Desde junio de 2011, el gobierno mexicano empezó a transferir mujeres acusadas de vínculos con el crimen organizado desde diversas regiones del país a la prisión femenil en Mexicali, Baja California. El programa se inició bajo la justificación de mejoramiento de infrastructura de las cárceles a nivel nacional, y ocurrió durante el punto más álgido de violencia de la llamada guerra contra el narco. Estas mujeres fueron alejadas de sus familias y sus abogados, dificultando su acceso a un juicio equitativo. Tres años después, muchas siguen presas en Mexicali, y varias siguen declarando que son inocentes. Cada una de las mujeres de este reportaje relata una serie de abusos y actos de tortura por parte de supuestos elementos armados de la Marina o el Ejército. Estos relatos son inéditos y no pertenecen a ninguna recomendación ni queja presentada ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Desde 2006, cuando se declaró la guerra al crimen organizado en México, las quejas levantadas ante la CNDH contra la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) o la Secretaría de la Marina han aumentado cada año. Tan solo entre 2007 y 2008, las denuncias registradas contra la Sedena pasaron de 362 a 1,224. En total, entre 2011 y 2013, la CNDH juntó 5,308 quejas contra elementos de estas dos ramas de las fuerzas armadas de México. De éstas, sólo 37 han logrado ser consignadas como denuncias contra autoridades civiles.