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sábado, 15 de septiembre de 2018

Apuntes sobre la sucesión de la familia Paz Tramini

El pasado 26 de julio falleció Marie José Tramini. La conocí a raíz de la publicación de mi libro Octavio Paz: El misterio de la vocación, que llegó a sus manos gracias a Random House a mediados de 2015. Desde entonces mantuvimos una relación cordial y pudimos conversar copiosamente sobre su pasado, el antes y después que significó Octavio Paz para ella, y la urgencia por generar una percepción integral sobre la reacción del poeta a los sucesos estudiantiles de 1968 y 1971.

Marie José nació el 14 de agosto de 1934 en el poblado de Mac Mahon, en la Argelia francesa. Aunque se ha asegurado que era de origen corso, fue su padre, Joseph Tramini, el único miembro de su familia nuclear que nació en la ínsula mediterránea. De hecho, platicaba orgullosa que el señor Tramini había sido un médico especialista en epidemiología y que, como muchos de los franceses nacidos en las últimas décadas del siglo XIX, se enlistó en el ejército y se trasladó a Argelia, a la ciudad de Constantina, en la que fue muy admirado por sus labores en favor de la salud pública. Ahí conoció a la joven Pierrette Poli, nacida en territorio argelino e hija de inmigrantes franceses, con quien se casó el 28 de octubre de 1924.

El matrimonio procreó dos hijos que murieron con 15 días de diferencia en 1931, uno con cinco años y el otro con tres. Después tuvieron a Marie José y Madeleine, quienes fueron enviadas con su madre a Marruecos luego del estallido de la Segunda Guerra. En medio del conflicto, el doctor Tramini falleció en 1943.

Marie José se casó por primera vez el 25 de noviembre de 1952 con un diplomático que llegaría a ser primer secretario de la embajada francesa en la India, gracias al cual conoció a Octavio Paz en 1962. A los dos le gustaba decir que el encuentro en Nueva Delhi llegaría a ser el acontecimiento más determinante de sus vidas. Marie José se divorció el 15 de junio de 1965 para casarse con Paz al año siguiente.

Sobre su relación con Paz se han escrito ya algunas páginas. En sus 20 años de viudez, uno de sus principales esfuerzos fue el de cuidar el legado de su marido con celo innegociable, pues, entre otras razones, conocía y compartía la voluntad testamentaria de Paz para con el futuro de su archivo (en el sentido más amplio de la palabra) que, como se ha revelado, consistía en mantenerlo a resguardo durante 25 años —contados desde la fecha de muerte del poeta— y que su destinatario final fuera El Colegio Nacional.

En las últimas semanas, las redacciones de los periódicos se han saturado con opiniones y cuasi manifiestos elaborados por terceros sobre lo que debe ocurrir con el patrimonio de la pareja. La mayoría de ellos se ostentan como amigos íntimos de Marie José o expertos en derecho cultural, y han llegado al absurdo de asegurar que hay grupos de conspiradores operando en contra del “pueblo de México” para despojarlo del acervo.

Si se acatan rigurosamente en tiempo y forma, ya existen en nuestra legislación los instrumentos para garantizar el ágil cumplimiento de las disposiciones post mortem. Sin embargo, mediante argucias retóricas y vaguedades conceptuales, se ha querido tergiversar el deseo de la familia Paz Tramini sugiriendo la creación de nuevas entidades para el resguardo de los papeles y derechos y la expropiación de los inmuebles, alternativas que ellos ya habían rechazado. Se ha llegado al extremo de asegurar que es un derecho humano el que se le dé máxima publicidad al trámite y al contenido de la herencia, así como la intervención directa en la masa hereditaria de quienes ni siquiera son parte de la línea sucesoria;  incluso se ha propuesto la modificación de la ley para adecuar las circunstancias a intereses particulares.

En caso de que las autoridades decidieran hacer eco de estas voces sentarían un precedente muy grave en materia testamentaria, pues estarían violando el genuino derecho humano de disponer a nuestra entera voluntad de nuestro patrimonio y, además, se estaría violentando la garantía de secrecía inherente a este tipo de procedimientos. La pregunta es, ¿querrán los involucrados que ocurra lo mismo cuando ellos mueran?

Quizá Paz y Marie José hubieran querido que sus amigos se preocuparan por asuntos más urgentes y para los que no se requiere la transgresión de disposiciones jurídicas, como la unión y resguardo de sus cenizas. A los abogados culturales sólo podemos exigirles respeto para quienes ya no están y para nuestro sistema jurídico.

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