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lunes, 3 de septiembre de 2018

Peña pidió y no pidió perdón

Hay que tener ganas de echarle limón a la herida y todavía más ganas de ofender la inteligencia ajena para compartir un mensaje como el que Enrique Peña Nieto entregó los días pasados a propósito de la Casa Blanca.

Deben escucharse en cámara lenta las palabras del señor presidente para no perder detalle respecto a la arbitrariedad de sus contradicciones. El propósito rescatable del mensaje es cuando recuerda que ofreció disculpas por el episodio Casa Blanca; sin embargo, el resto del discurso retira, uno a uno, los argumentos por los que el presidente debió haber pedido perdón.

“Ofrecí una disculpa pública, no tanto porque se hubiera actuado equivocadamente, sino por cuanto afectó la credibilidad de la institución presidencial.”

Se requiere de mucho esfuerzo neuronal para comprender la frase: ¿ofrece una disculpa por la Casa Blanca, no porque fuera un hecho equivocado sino porque lastimó al presidente?

Qué bueno que no se trató de un accidente vehicular porque el agresor habría ofrecido una disculpa, no por haber conducido en estado de ebriedad y por encima de la velocidad permitida, sino porque al chocar se astilló la rodilla.

¿Por qué habría lastimado la institución presidencial un asunto “estrictamente legal”, como lo llama en su mensaje?

La cuestión es que la Casa Blanca, el reportaje que provocó el gran escándalo, exhibió con contundencia que el presidente mexicano incurrió en conflicto de interés y también en tráfico de influencias.

La casa que la pareja presidencial pretendía habitar, una vez que abandonara Los Pinos, estaba a nombre de uno de los constructores mejor beneficiados durante la gestión de Enrique Peña Nieto como gobernador del Estado de México, y también como presidente de la República.

Que responda Peña Nieto si fue o no cierto que la casa, presumida por Angélica Rivera, como el hogar de su familia, era, en realidad, propiedad de la empresa Ingeniería Inmobiliaria del Centro, SA de CV, cuyo accionario es Juan Armando Hinojosa.

Que responda el presidente si no fue cierto que ese constructor se benefició con obra del gobierno del Estado de México, cuando él era el gobernador.

Que responda el presidente si no fue cierto que otra empresa del señor Hinojosa, Inmobiliaria Tella, fue incluida en el consorcio que iba a desarrollar el tren México-Querétaro, junto con inversionistas de origen chino.

Que responda el presidente si las empresas de Hinojosa Cantú no fueron también incluidas en la construcción del acueducto Monterrey IV, el cual iba a desarrollarse con recursos de su gobierno.

Que responda el presidente, por qué, si no había nada ilegal ni equivocado en tener transacciones personales por ochenta millones de pesos con Hinojosa Cantú, al final ordenó que se cancelaran la obra del tren y el acueducto de Monterrey, al tiempo que devolvió la Casa Blanca a su dueño original.

Tiene razón Peña Nieto cuando dice que “la manera como manejamos en su momento la explicación” fue errónea.

Cabría decir que aún continúa siendo errónea: afirmar que ofrece disculpas para luego argumentar que no hay razones para hacerlo es peor de absurdo que haber expuesto a la esposa, Angélica Rivera, para que diera una explicación tan insostenible como mentirosa.

Cuando la primera dama apareció en un muy triste video con objeto de aclarar el origen del recurso que iba a servir para pagarle a Hinojosa Cantú por la Casa Blanca, olvidó precisar que el dinero recibido, supuestamente por su trabajo como actriz, llegó a sus cuentas un año después de que el inmueble hubiera comenzado a edificarse, tal cual sus gustos y especificaciones. Es por esta razón, y no solo por la exposición pública, que fue una pésima estrategia de comunicación. Mentir siempre lo ha sido, sobre todo, cuando la mentira es tan mala.

ZOOM: Enrique Peña Nieto cree sinceramente que actuó bien en el caso de la Casa Blanca. Lamenta, sin embargo, que el tema haya crecido y haya lastimado a la institución presidencial. No entiende por qué una cuestión legal y correcta afectó tanto a su imagen. Lo más grave, quizá, es que un individuo con tal ceguera moral haya sido presidente de México.

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