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lunes, 3 de septiembre de 2018

Sin competitividad, sin dramatismo

El parón de 15 días por la Fecha FIFA dará respiro a algunos equipos que han vivido este torneo en la mediocridad y han fracasado en sus proyectos deportivos. Lobos BUAP pagó 120 millones de pesos por quedarse en Primera División, algo que —además de ser una evidente inmoralidad, que una universidad pública destine recursos a un equipo profesional— tampoco sirvió de maldita la cosa. Cuatro puntos ganados de 24 disputados hacen pensar que invertir en la permanencia fue un pésimo negocio. Para evitar pagar los 20 millones de dólares, si reinciden en el sótano de la tabla de cocientes, hay que hacer cambios.

Juan Francisco Palencia no le entiende a la Primera División de México. Ni con Pumas, y ahora con Lobos, se le ve cómodo en el banquillo y, si la BUAP no quiere caer en más cuestionamientos sobre inversiones extrañas, tiene que reaccionar y evitar el descenso deportivo.

Atlas, que aún no tiene problemas de descenso, podrá apostar por Gerardo Espinoza, pese a que no ha ganado.

Veracruz se convirtió en el claro ejemplo de cómo no se debe manejar un equipo de Primera División. Inconsistencia en todo, desde la directiva hasta el armado de un plantel poco competitivo y al que abandonó su propia afición. Ni Juvenal Olmos ni Fidel Kuri tienen con qué salvarlo.

Necaxa, pese a tener al entrenador de moda, tuvo dos de sus cuatro derrotas de manera injusta: una contra Chivas, donde le marcaron un penalti inexistente, y la del viernes contra Xolos, por falta de capacidad en la definición.

En Chivas, vivieron de la ilusión de ganar partidos a tres de los últimos cuatro lugares del campeonato, y cuando ven su realidad, se dan cuenta de que es dolorosa, pero no están para cambiar al entrenador, a menos que se vuelvan locos, como hacían en antaño.

Mención aparte merece Rafael Puente, quien lleva una corriente ascendente en los Gallos Blancos, y además jugando de forma agradable.

En la parte de arriba hay estabilidad de la mayoría, destacándose Cruz Azul, que —pese a su liderazgo— cada vez lleva menos gente al Azteca. Empezaron con 45 mil contra Puebla, luego subieron a 55 mil contra Tigres, y de ahí vienen cayendo: 30 mil contra León, 31 mil contra Toluca y 26 mil contra Veracruz.

Despedir al entrenador sin que exista descenso es lejano, el costo económico alto y la certeza de un verdadero cambio es una incógnita. Este punto debe ser valorado por los dueños, quienes tienen que reconocer que se ganó al no tener extraños en el grupo, pero se ha perdido en competitividad y dramatismo. 

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