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miércoles, 3 de octubre de 2018

El 68 visto desde el Estadio Olímpico

Por NAYELI REYES 
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“Los jóvenes que llegan a una olimpiada ya son campeones”, afirma Guillermo Allier. Sus memorias lo visten, lleva un atuendo de otra época, es su uniforme de los Juegos de la XIX Olimpiada, celebrados en México en 1968. Había permanecido 50 años guardado, suelta una carcajada al comprobar que aún le queda: “¡híjole! Ya engordé”.

El día que le entregaron su ropa oficial lo citaron en una bodega del centro, también le dieron una playera blanca, calcetines y un par de zapatos Faro, célebres por provocar ampollas, “los más corrientes, eso es lo que te daban”.

Para Guillermo el panorama del deportista en México poco ha cambiado en medio siglo, no hay apoyo: “nosotros pobres mexicanos teníamos que atenernos a lo que en un momento dado la federación nos daba o nosotros de nuestro propio bolsillo comprábamos…el deportista está manipulado, cuesta, ¿quieres correr un hit? 250 pesos, ¿eso es ayuda?”.  

Guillermo tiene 83 años, siempre ha sido muy alto, aunque la edad ya le robó unos centímetros. El 12 de octubre de 1968 entró al Estadio Olímpico Universitario con la comitiva nacional, “es imponente estar allá abajo…verlo lleno”. 

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“El desorden del pueblo mexicano se hace latente, todos los demás países con su edecán y todo, ordenaditos para pasar por el puente, pero los mexicanos suben, bajan, vienen, van, gritan, y el que más grita es el pueblo, el que estaba arriba en las tribunas”, relata el deportista.  

En el recinto el cielo se volvió de colores, flotaron sin rumbo miles de globos. Enriqueta Basilio entró corriendo con la antorcha, Guillermo la vio a lo lejos, ascendió 92 escalones hasta llegar al pebetero “sube y sube…se paró a un lado, flamazo y la explosión de todo el público”. 

“¡México, México, ra, ra, ra!”, vociferaban los asistentes. Miles de palomas blancas volaron en círculos, “todo eso es de emoción, después el desorden, cada quien jaló como pudo”, recuerda. 

Diez días antes, el 2 de octubre, en las calles se escucharon otro tipo de gritos, de terror. Guillermo se enteró de lo que pasó por televisión, “lo que más recuerdo fue la pena de saber que hubo matanza”.

Las federaciones deportivas ya les habían hablado sobre las movilizaciones: “nos dieron unas pláticas de que tuviéramos mucho cuidado porque había la intención de impedir que se jugaran los Juegos Olímpicos, que había movimientos estudiantiles...costaron muchas vidas”.

Les pedían a los atletas que evitaran las manifestaciones. Los extranjeros vivían “encerrados” en la Villa Olímpica, las instalaciones estaban resguardadas; los mexicanos participantes iban directo de sus casas a los centros de entrenamiento: “no sabes tú, una bala perdida, un fregadazo que te pueda suceder”.  

“Se escuchaba que eran recogidos los cadáveres en camiones, los subían a los aviones y otros iban al campo militar, que otros los llevaban al Golfo de México en avión y ahí los tiraban. Vete tú a saber si era verdad, si era mentira, pero eran los rumores que existían, muy triste… me imagino que se distrajeron algunas formas que estaban ahí fermentando pleitos y todo eso con las olimpiadas”.  

Muchos kilómetros atrás…
En el 68 la especialidad de Guillermo, el bádminton, aún no era un deporte olímpico. Participó en un juego de exhibición convocado sólo para hombres donde acudieron jueces a evaluar si la disciplina podía recibir tal categoría. El proceso fue largo, recibió ese mérito hasta 1992. Pese al estricto proceso de selección en los sesenta todos los mexicanos perdieron, otros países tenían un nivel más avanzado. 

Cuando Guillermo tenía 22 años era nadador como su padre. Un día de lluvias la alberca estaba cerrada y decidió dar una vuelta por el deportivo, ahí se encontró con el bádminton, “se volvió el vicio…definitivamente cualquier deporte que lo agarre así diario, diario, es un vicio”.  

Al año siguiente ya era jugador de Primera Fuerza, se le consideraba de los “mejores prospectos”. Compitió y ganó en San Diego, California en la categoría singles. Ahí conoció al capitán de un barco, “me decía que obligaba a todos los que tenía ahí en el barco a jugar bádminton porque era un deporte exhaustivo físicamente”. 

En su andar se encontró con las dificultades del favoritismo, en una ocasión lo sacaron con trucos de una competencia para que no se presentara a la selección final, en el lugar que le correspindía metieron a los hijos de alguien influyente, “¿sabes lo que es eso? Da coraje”, dice. 

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Alternó sus actividades deportivas con su carrera como administrador de empresas. Entrenaba sin descanso: “en un momento dado me dediqué cien por ciento al deporte, no había fiestas, no había días festivos, sábados y domingos era lo mismo. Tenía una disciplina a lo mejor exagerada, pero yo sentía que llevándola lograba mis metas y me mantenía en un nivel competitivo de primera”, relata. 

Jugó bádminton hasta 1972, decidió retirarse luego de que un joven de 16 años lo venció, después se dedicó al tenis, a su parecer provoca menor desgaste físico. Ha competido en encuentros de veteranos a los que llama FBI: “Fuerzas Básicas del Insen”. Ahora anhela hacer atletas a sus nietos, heredarles su uniforme. 

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