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sábado, 13 de octubre de 2018

Ni siquiera sé cómo se llamaba la constructora, dice albañil de plaza colapsada

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Monterrey.— David vio y escuchó el estruendo que provocó el derrumbe de grandes losas de concreto. Salvó la vida al salir corriendo entre una espesa nube de polvo. Sólo tiene heridas leves, pero dice que su corazón sí está destrozado por siete de sus compañeros que fallecieron y uno más que no ha sido localizado.

David Solís tiene 26 años, es albañil. Con su sueldo mantiene a sus tres hijos y a su esposa. Comenta que el pasado jueves, cuando se derrumbó el centro comercial de la colonia Espacio Cumbres, volvió a nacer pero se quedó sin trabajo.
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No agacha la cabeza ni oculta las lágrimas al recordar a su jefe —el contratista Pedro Escalona, quien murió en el derrumbe—, y con la voz quebrada comenta: “Yo estaba muy contento, ahorita pues me siento acabado, sin jale, sin dinero para mañana, ¿qué voy a hacer ahora?”.

La constructora no tenía contrato con nosotros, ni sé cómo se llama, ni quién es el arquitecto responsable, ni cómo nos irán a apoyar. Don Pedro Escalona, el contratista, murió y era él quien nos daba el trabajo y nos pagaba, era muy chido con nosotros, nadie me pagaba tan bien como él, me daba 2 mil pesos por semana y, si me faltaba para comprar leche, me prestaba; también me soltó 500 pesos para el bautizo de mi hija.

“La obra, pues se va a clausurar, y a ver a dónde me voy. Me tengo que alivianar ya para el lunes, aunque todavía ande así con dolor y la chingada; pero aunque sea en lo mismo hay que trabajar… ya qué.

“Aunque si son varios pisos, no voy a trabajar a gusto, pero hay que traer dinero a la casa. De repente, por tu apariencia no te quieren dar trabajo, pero yo nunca he andado robando, ni andaré en cosas chuecas, por mis hijos”.

El joven, quien ha participado en la construcción de grandes residencias y centros comerciales, habita una pequeña casa construida con láminas y tablas de desecho, en el asentamiento irregular La Aliancita.

“Yo apenas iba a empezar a hacer una mezcla, venía del sótano con el cemento, lo subí al segundo piso, en eso volteo con mi oficial Juan, quien también sobrevivió. La construcción empezó a crujir y a temblar, se escuchó un ruido como que caía madera, todo desde el tercer nivel .

“Mi reacción fue correr para aventarme al primer piso, pero al llegar a la orilla, el piso donde estaba también se desplomó y en lugar de caer de los cinco metros que tenía de alto cada piso, ya sólo quedé a un metro de altura del nivel del suelo.
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“Al caer me pegué en el codo y en el costado izquierdo al nivel de la cintura, algo me golpeó en la cabeza, no me desmayé, aunque vi caer enormes pedazos de losa y otros los oí derrumbarse a mi espalda. Me levanté y empecé a correr, no se miraba nada por el polvo, y por la fuerza del colapso se formó como una ráfaga de viento que me tumbó la gorra. Brinqué luego hasta el sótano y salí corriendo por la puerta.

“Donde estuve yo en el segundo piso había otro señor que andaba poniendo la varilla. Lo vi tirado, también se paró y pudo salvarse, aunque estaba lastimado de una pierna, que creo se fracturó. Él gritaba por todos los compañeros, los buscaba, yo también, aunque la reacción fue salirme porque ya venía todo casi encima para matarnos, como sucedió con dos compañeros que estaban a dos metros de mí”.

Los trabajadores que traía Pedro Escalona eran entre 20 y 25. “Eran chidos todos. El jueves temprano estuvimos almorzando tacos al vapor, convivimos a todo dar, pero nadie va a saber el futuro, en un segundo tronó, al otro tembló, al tercero ya estaba cayendo el edificio, al cuarto ya me estaba levantando, y a los cinco o seis segundos ya estaba yo corriendo por mi vida”, relata.

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