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sábado, 3 de noviembre de 2018

Terrorismo doméstico y la ‘amenaza’ migrante

En la visión de Trump la mayor parte de los males de EU proceden de fuera. Ya sea porque todos los países se han aprovechado de Washington durante décadas, han sacado ventaja de sus pactos de defensa y sus tratados comerciales, o bien, porque los criminales y los terroristas llegan en “hordas” a invadir y atraviesan, con toda facilidad, las porosas fronteras que sus antecesores se han encargado de descuidar. Bajo esta óptica, todo lo que se requiere es “prohibir la entrada a musulmanes”, levantar un “grande y hermoso muro” o colocar soldados en la frontera sur para frenar el crimen y el terror importados, aquellas causas por las que el país se ha convertido en “una carnicería”, como lo planteó el día de su toma de posesión. La cuestión es que esa serie de planteamientos omite dos datos básicos: (1) Desde los ataques del 11 de septiembre del 2001, el 100% de atentados terroristas cometidos en suelo estadounidense ha sido perpetrado por ciudadanos de ese país; y (2) Si bien el terrorismo islámico sigue siendo el que más víctimas causa, el terrorismo nacionalista y de extrema derecha claramente se mantiene como una seria amenaza. La semana pasada vimos paquetes bomba enviados contra prominentes figuras públicas y medios de comunicación, además de un ataque en una sinagoga en el que 11 personas perdieron la vida. En ambos casos, los atacantes son extremistas de derecha, Estos atentados no son los últimos de una cadena que está creciendo y se suman a otra también creciente ola de crímenes de odio (no todos considerados terrorismo), algo que las autoridades estadounidenses saben muy bien, aunque su presidente, estratégicamente, no lo reconozca así.

Primero, recordar que el terrorismo es empleado por atacantes de muy distintas filiaciones ideológicas, religiosas, étnicas y políticas. Ciertamente, en los últimos años, el terrorismo motivado por cierta visión radical del islam ha acaparado todos los reflectores y las estadísticas. Sin embargo, el terrorismo no es otra cosa que una táctica específica que emplea la violencia como instrumento para generar terror y así ejercer presión psicológica, comunicar mensajes o reivindicaciones políticas, afectar opiniones o conductas, inducir agendas y/o impactar la toma de decisiones. Se trata de un método a veces de combate, otras de comunicación, que tristemente resulta muy eficaz, y que, por tanto, es empelado en todos los continentes por extremistas de derecha o de izquierda, por miembros de comunidades religiosas diferentes, por grupos nacionalistas, anarquistas, ecologistas o con muy distintas ideologías.

En el caso concreto de Estados Unidos, vale la pena revisar estos datos: según un estudio del Instituto CATO, de 1992 al 2017 en EU murieron 3,342 personas a causa de terrorismo. De éstas, 3095 fueron víctimas del terrorismo islámico, 219 del terrorismo de extrema derecha o nacionalista, 23 del terrorismo con causas de extrema izquierda y 15 del terrorismo con otras motivaciones. Sin embargo, la gran mayoría de esas víctimas (2983) murió en un solo día: durante los ataques del 11 de septiembre del 2001. Un análisis más reciente de Peter Bergen y David Sterman publicado en Foreign Affairs esta misma semana, indica que, después de esa fecha, el terrorismo en suelo estadounidense ha ocasionado unas 200 víctimas mortales incluido el último ataque de Pittsburgh. De este total, 104 han sido ocasionadas por jihadistas y 86 por atacantes de extrema derecha. Y, como dije, de todos esos casos, el 100% ha sido perpetrado por ciudadanos estadounidenses. Así que ya sea por motivaciones islámicas, por motivaciones de extrema derecha o por otras, la realidad es que los terroristas que parecen tener más probabilidades de éxito para llevar a cabo sus ataques, se encuentran dentro y no fuera de EU.

La mayor parte de estos atacantes son lobos solitarios. No es que no haya intentos de cometer atentados por parte de organizaciones varias, locales o extranjeras. No obstante, debido a las medidas de seguridad implementadas tras el 9/11, resulta muy complicado que una agrupación consiga operar sin ser descubierta. En cambio, los lobos solitarios pasan por un proceso de radicalización individual muy difícil de detectar y detener, proceso que hoy tiene mayores posibilidades de ocurrir a través de Internet. Por ejemplo, los simpatizantes del jihadismo tienen acceso no solo a páginas web, revistas en línea y manuales de procedimientos, sino también a grupos de chat en donde sostienen conversaciones encriptadas y desde donde algunos de ellos incluso llegan a recibir instrucciones como los estadounidenses musulmanes que cometieron el ataque de Garland, Texas en 2015 (lo que por cierto pone en cuestión la premisa de que los lobos “solitarios” sean tan solitarios). Hoy también sabemos que los extremistas de derecha de nuestra era han pasado por un proceso de radicalización individual, en el que su acceso a Internet es fundamental. Jonathan Greenblat, el director de la Liga Anti-Difamación lo plantea en estos términos: “Las redes sociales han (…) favorecido el que los extremistas puedan mover sus mensajes desde los márgenes hacia el centro de la discusión. En el pasado, ellos no podían encontrar audiencias para su veneno. Ahora, con un click, un post o un tuit, pueden propagar sus ideas con una velocidad que nunca antes habíamos visto”.

Justo en ese sentido, el propio terrorismo funciona como un factor contribuyente a lo que Greenblat menciona, pero en personas distintas al perpetrador. Gracias a la atracción noticiosa que un ataque como el de la sinagoga de Pittsburgh consigue, las ideas de Bowers, el atacante, se logran propagar y posicionar en todas partes del globo con brutal amplitud y velocidad. Esto hace que, a pesar de ser repudiado por la mayoría, su mensaje sí logre conectar e incluso inspirar a simpatizantes duros (quienes coinciden con sus ideas y con su forma de actuar), y también con simpatizantes suaves o blandos, aquellos quienes no validan el uso de la violencia, pero quienes sí coinciden en el fondo con el mensaje transmitido o con parte del mismo.

¿En qué consiste este mensaje y cómo es que éste se vincula con la retórica de Trump? Un tuit, escrito por Bowers justo antes de cometer su ataque, lo dice todo: “A HIAS (la organización judía que brinda ayuda humanitaria a refugiados y que tenía una sede alojada en el centro comunitario atacado) le gusta traer invasores que destrozan a nuestra gente. No puedo permanecer sentado y ver cómo asesinan a mi gente. Al diablo con sus puntos de vista. Voy a entrar”. Ahí, en ese tuit está la “carnicería” y los “asesinatos” cometidos por los “invasores” (refugiados). Ahí también está el repudio a las fronteras abiertas y a las personas que permiten que esos “asesinos” lleguen al país. Para Bowers, la forma de detener esa “masacre” es entrar a una sinagoga y, auxiliado por armas de fácil acceso, asesinar a las personas que rezaban un sábado en ese sitio sagrado. Trump forma parte, quiero pensar, de quienes no coinciden con semejante método. En lo que sí concuerda, claramente, es en los peligros que se corren al permitir que personas de fuera crucen la frontera y traigan a “lo peor de su gente consigo”. Ahora mismo, con la caravana migrante, en la narrativa de Trump no son ya solo las maras y criminales quienes se “mezclan” entre las personas que buscan llegar a EU, sino también “terroristas de Medio Oriente”. El punto de conexión central, entonces, no está tanto en el método de propaganda (Bowers usa la violencia directa, Trump no) sino en la capacidad de lograr que ese mismo mensaje consiga simpatizantes duros y blandos en todo Estados Unidos. Esto, en tiempos electorales, es oro molido.

 


Analista internacional.
Twitter: @maurimm

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